Un
día se retrasó algo en la entrada a clase, con lo que los chicos de 15-16 años
estaban campando a sus anchas sin profesor (hoy, a veces, campan a sus anchas
con profesor) con la mala suerte, o buena, como veremos luego, que coincidió la
entrada de Don Pedro con alguna palabrota, ya claramente fuera de tono, que
habría pronunciado alguno.
Apareció Don Pedro y la clase quedó, como era de esperar, en
el más absoluto de los silencios. Don Pedro no hizo ninguna alusión a lo que
acababa de oír y, unos minutos antes de acabar la clase, les dice: "Esperad
un momento que vuelvo enseguida”. Sale del aula, hace una rápida gestión
por teléfono, vuelve al instante y les dice: ”Mañana, a la hora de clase, en
lugar de esperarme aquí, nos vemos en la boca de Metro de Alonso Martínez”.
Los chicos quedan perplejos, llegó el día siguiente, fueron
a la boca de Metro y Don Pedro, sin decirles adonde les llevaba, se dirigió con
ellos al Colegio de Sordomudos, calle San Mateo.
Una vez en el Colegio les lleva por las diversas
dependencias, reinando en todas ellas el más escalofriante de los silencios.
Al final, en el hall, les comenta: ”Espero que hayáis
entendido el verdadero valor del lenguaje y, de aquí en adelante, sepáis
utilizarlo cuando sea conveniente”.
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